Resulta obvio que las prisiones sirven para castigar. Lo que pasa es que, al menos teóricamente, su fin no es ése. Dice nuestra Constitución que «las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción», lo reafirma la Ley Orgánica General Penitenciaria, y sin embargo, «la población penitenciaria se nutre continuamente de las mismas personas que, una y otra vez, salen y vuelven a entrar».

    ¿Qué puede hacer un personal de tratamiento que es notoriamente insuficiente y está sobresaturado? ¿Cómo puede la prisión educar para un uso responsable de la libertad, cuando dentro de sus muros no queda prácticamente margen alguno para desarrollar una conducta autodirigida y responsable? ¿Cómo puede rehabilitar de la dependencia de la droga, cuando en su interior la hay en abundancia? ¿Qué pasará con quienes delinquieron para dar de comer a sus hijos, si al salir van a encontrar una situación familiar y laboral peor que antes de entrar?

    La reinserción laboral, en efecto, es difícil porque, además de tratarse a menudo de personas con escasa preparación, salen etiquetadas de por vida. En uno de esos deliciosos cuentos protagonizados por animales escritos por Rudyard Kipling se explica que «una de las bellezas de la Ley de la Selva es que el castigo salda todas las cuentas. Después, no se insiste sobre el tema. Según eso, debemos concluir que la ley de los humanos es más inhumana que la de los animales. La reinserción familiar no es más fácil que la laboral porque el ex recluso a menudo se ha convertido en un elemento extraño y distorsionador para las personas que constituyeron su entorno afectivo.

    La cruda realidad es que, al salir de la cárcel, casi nadie acoge al ex recluso; sólo le acogen sus antiguos compañeros y, con desgraciada frecuencia sigue ocurriendo aquello que escribió Kropotkin: «El hombre que ha estado en la cárcel volverá a ella. Pero esto no es todo. El hecho por el que un hombre vuelve a la cárcel es siempre más grave que el que cometió la primera vez. Si antes fue un robo sin importancia, ahora vuelve por un atraco audaz; si la primera vez se le detuvo por una pelea, ahora vuelve por asesinato. Todos los criminalistas están de acuerdo en esto. Debemos decir, que la cárcel, hoy por hoy, no sirve para reinsertar en la sociedad, lo que no quiere decir que no haya internos que sí se reinsertan. Lograr unos porcentajes elevados de reinserción exigiría una mutación tan gigantesca que no es fácil ser optimistas. Como decía Pikaza, «para que la reinserción sea posible no basta con cambiar las cárceles, hay que cambiar la sociedad.

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