Lo fundamental es tener a alguien a quien llamar, por más tontería que pueda parecer. No son ni dos, ni tres, las personas que no cuentan más que consigo mismas para valerse y desvalerse por ese inframundo de roeadores. En caso de tener un objetivo al que llamar, lo que hay que tener es dinero, peculio, tarjetas o algo con lo que poder trapichear. Telefónica no va nada barato en la cárcel, por más que en la calle tenga acérrimos y fieles seguidores debido a no-sé-muy-bien-qué. Tiene un monopolio plenamente rentable para sajar y abusar de quienes menos tienen.

Manga ancha, ¿a quién le iba a importar? ¿Cómo es posible que los 50 minutos de llamada semanal (quien los tenga) les cueste más que todo mi mes de tarifa plana con datos e internet? ¿Puede abusarse más de quienes ya están excluidos? La ética, por suerte para unos y por desgracia para otros, se vende bien barata. ¿A quién quieren convencer con lo de la seguridad cuando se trata de llamar? Más valdría buscar alternativas que seguir jugando a fingirse infranqueable, ¿no?

Tendría más sentido para todo el mundo: para el preso, la familia, la Constitución y… ¡la propia institución! ¿No será mejor no inducirles el estado nervioso o de ansiedad permitiéndoles mayor contacto con los suyos? Aquí la cosa trataba de evidenciar lo infame de la burocracia. En este caso, para que alguien te pueda llamar desde prisión, lo impepinable es hacerle llegar tus papeles. Sin factura no hay llamada; así que, si no te fichan antes, olvídate. Olvídate también de que las llamadas puedan hacerse en sentido inverso, esto es, de intentar ser tú quien le llame.

Ni los propios abogados podemos hacerlo. La cárcel sólo está para las llamadas salientes, no para las entrantes. Debe de ser que no son lo suficientemente dignos para ello o, qué sé yo, una mera manera más de hacerles creer que son escoria, que no le importan a nadie. Esto para mí es una gran mentira, pero sin gran dificultad puede no serlo para el que se siente olvidado. El caso es que por más mentira que eso pueda ser, no hay forma humana de contactarles con inmediatez. Menos mal que siempre nos quedará correos, a lo siglo pasado, pero las cartas tienen de inmediatez lo que yo de Sancho Panza. Son bonitas, románticas y muy esperanzadoras, pero no son nada inmediatas. Para las prisas o la urgencia, no queda más que obsesionarse con que el teléfono suene.

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