Como abogada penalista y penitenciarista que soy no quisiera dar a entender que he dejado de creer en la Justicia, pues de lo contrario empezaría a buscar alternativas profesionales con las que poder ocupar mi futuro próximo. Concluir en tales desgracias me supone un añadido motivacional para aproximarme a las realidades de quienes las sufren. Darles un TRATO HUMANO a aquellas personas cuya dignidad se ha visto cuestionada por el mero funcionar del sistema penal y penitenciario, me parece contribuir en mucho a la mejora de la Justicia.

Con independencia de que más adelante pueda recaer sentencia condenatoria, e incluso tras la misma –sobre todo tras la misma, atendiendo a los fines constitucionales de la pena–, la dignidad es un derecho cuyo reconocimiento es de imperativa Justicia. Conocer profesionales magníficos con afinidad de ideas, comprometidos con una concepción mayúscula de lo que debe ser la Justicia, la construcción de una mejor sociedad y el infinito respeto hacia los sacralizados derechos humanos, es un aliciente que no tiene precio.

La crítica y el disgusto serán fundamentales para no olvidar por qué elegí el Derecho y, por supuesto, para ahuyentar todo amago de falta ética y deontológica que pueda asomar en mi espíritu: el peso de la responsabilidad que asumimos al ejercitar el Derecho es suficiente como para no dejar de hacer autocrítica profesional, interesando una formación continua a la altura de las expectativas de la sociedad.

DIARIO DE NAVARRA

PUBLICACIONES