El Tribunal Supremo (TS) ha confirmado la condena de 11 años y 5 meses de prisión al tatuador de Donostia que fue juzgado por ataques sexuales a diez mujeres realizados en su estudio de tatuajes de la Parte Vieja de Donostia y en su vivienda de Pasaia. La sentencia dictada en primera instancia por el juzgado de lo Penal número 2 de San Sebastián en febrero de 2020, fue asimismo ratificada hace un año por la Audiencia de Gipuzkoa.

Al igual que decidió entonces el tribunal de la Audiencia, el TS ha desestimado el recurso presentado por la abogada del acusado, Cristina Morcillo Buj, que ahora valora la posibilidad de recurrir en amparo al Tribunal Constitucional.

El tatuador, de origen venezolano, fue considerado culpable de tres delitos de agresión sexual, seis de abusos sexuales, uno de acoso sexual y otro de coacciones cometidos sobre diez mujeres, por los que recibió una condena de 11 años y 5 meses, que fue reducida en 4 meses, por el tiempo que permaneció en prisión preventiva, aunque se encuentra en libertad desde octubre de 2019. Además, el juez le condenó a indemnizar a las perjudicadas con 26.820 euros, y tras cumplir la pena de prisión deberá permanecer otros cinco años en libertad vigilada.

Catorce denuncias

Si bien fueron presentadas un total de catorce denuncias, la sentencia fue pronunciada por los casos de diez chicas que sufrieron algún tipo de delito contra la libertad sexual por parte del acusado, ya que algunas de las afectadas no se personaron en el juicio.

Durante el juicio, celebrado entre septiembre y octubre de 2019, el acusado afirmó que no era «un monstruo ni un sádico sexual, y tengo pruebas que pueden demostrar que todas las denuncias son falsas».

Sin embargo el juez precisó en la sentencia que las versiones de las mujeres describían «un mismo patrón» que seguía el acusado. Empezaba con piropos, hacía referencias sexuales sobre sus cuerpos y les realizaba proposiciones y tocamientos. Según el magistrado aprovechaba que «se encontraban tumbadas o sentadas pero sin poder moverse» por el tatuaje. El juez determinó que las versiones de las víctimas «debilitaron la verosimilitud del testimonio del acusado, deshaciendo como azucarillo en vaso de agua» su presunción de inocencia.

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