Todo en la vida de mis clientes presos se articula desde la espera o desde su relación con el tiempo. El momento de su libertad definitiva, el momento de poder empezar a salir de permisos, el momento de acceder al tercer grado. La hora de levantarse, la de salir del “chabolo” la de recoger la medicación, la de salir al patio, la de volver al “chabolo”. Todo es tiempo y todo está pautado. Hasta los encuentros íntimos o familiares tienen estipulado el día en que se sucederán, por lo que el preso vive esperando de forma constante e ininterrumpida a que esos compromisos y deberes se vayan materializando en función de los criterios organizativos de la administración. Estos límites a la autonomía de las personas no favorecen en nada a quienes están cumpliendo condena, como podrás imaginar…No tener capacidad de decisión siquiera sobre aspectos tan banales de la cotidianidad como el de cuándo levantarse o qué comer, que son fundamentales para la autodeterminación de las personas, contribuye a la generación de un sentimiento de no pertenencia de la propia vida. Cuando le dedicas parte de tu tiempo a un preso, le conviertes en dueño de un aspecto fundamental de su vida: el relacional. La interacción social es consustancial a nuestra naturaleza y condición, por lo que es del todo imprescindible en nuestras vidas. La prisión mengua y destruye incontables vínculos afectivos, pero por eso todas las personas con sensibilidad hacia este colectivo podemos marcar la diferencia…como abogada penalista y penitenciarista es mi compromiso y mi deber.

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