«¿Por qué pasó más de un año hasta que se tapó el tatuaje?». Antes de derrumbarse entre sollozos, la joven que, con la denuncia pública de su caso a través de las redes sociales, destapó los supuestos abusos de índole sexual contra más de una decena de clientes que ha llevado al banquillo de los acusados a un tatuador de San Sebastián, ha respondido con entereza a la abogada de la defensa de Jack E. L. Con anterioridad, según ha relatado, ya había acudido a un estudio para borrar todo rastro de la tinta en su piel, pero, «aterrorizada» por el recuerdo, sufrió “un ataque de ansiedad” y tuvo que «salir” del establecimiento “porque no podía” sobrellevar la situación.

Tampoco está en su piel el tatuaje que el imputado realizó a la segunda de las denunciantes que ejerce la acusación particular –cada una en su nombre– en el juicio que esta mañana se ha iniciado en la sala de vistas del Juzgado de lo Penal número 2 de San Sebastián y que tampoco ha podido evitar las lágrimas durante su testimonio. La presunta víctima se ha derrumbado al relatar cómo cada vez que se veía el tatuaje que se había hecho en el brazo para “simbolizar el nacimiento” de su único hijo revivía el “dolor” de los abusos sexuales cometidos por el tatuador, que le “dobló la mano y se la puso en el pene” mientras le realizaba el dibujo.

“Me he tenido que desarmar el tatuaje. No puede ser que cada vez que veía el tatuaje me acordaba de un pene [el del tatuador] y no de mi hijo”, ha aseverado la denunciante, quien, más allá de la tortura psicológica, ha incidido en el dolor físico derivado de eliminar de la piel toda huella de un tatuaje con «mucho negro».

Los testimonios de estas dos presuntas víctimas personadas como acusación particular dan cuerpo al procedimiento judicial contra el tatuador que implica a una docena de mujeres que han denunciado haber sufrido 14 delitos de índole sexual, la mayoría clientas suyas. Por los hechos, que se habrían producido entre febrero de 2013 y febrero de 2018, la Fiscalía solicita penas que suman 21 años y cuatro meses de prisión como responsable de los delitos de agresión sexual (tres), abuso sexual (siete), acoso (tres) y coacciones (uno).

Los hechos que son objeto de este proceso se dieron a conocer en febrero de 2018 después de que una joven denunciara en Twitter que horas antes había sido “acosada sexualmente” por el tatuador en su estudio ubicado en la Parte Vieja de San Sebastián. Su testimonio se hizo viral en las redes sociales y motivó una investigación de oficio por parte de la Guardia Municipal, aflorando al poco tiempo nuevas denuncias que llevaron a la detención unos días después del acusado,que desde entonces permanece en prisión provisional.

Durante la primera sesión del juicio, con el acusado oculto tras un biombo para impedir el contacto visual con las supuestas víctimas, han declarado una decena de las denunciantes, que han relatado los diferentes tipos de abusos sexuales cometidos supuestamente por el tatuador. Las denuncias aluden en su mayoría a delitos cometidos en el estudio de tatuajes, pero también a realizados en su vivienda o incluso en una escuela de tatuaje en la que era profesor. Los presuntos abusos se cometieron durante varios años, pero las denuncias no se materializaron hasta la acusación pública de una de las supuestas víctimas en las redes sociales que pronto se hizo viral, la cual, según han coincidido las denunciantes, les “animó” a dar el paso. En todo caso, han asegurado que hasta el juicio no se han conocido la inmensa mayoría de ellas.

La joven que destapó los presuntos abusos ha relatado que en un primer momento le tocó el culo, aunque pensó que era un “accidente”. Pero luego “la cosa subió de tono” y el imputado le soltó el botón del pantalón y le “metió la mano por debajo del pantalón y encima de la ropa” interior. Fue el preludio de lo que ocurrió en la camilla, cuando, una vez estaba tumbada boca abajo, le “agarró en la cadera” para llevarla con “fuerza hacia él”, momento en el que le «pasó la mano por el culo» y luego le “frotó su pene” contra su mano, entre otros abusos.

“Estaba temblando, queriendo huir. Solo quería salir. Al principio creí que lo había malinterpretado todo, pero luego vi que no: me sentíaintimidada totalmente”, ha relatado la joven, que ha afirmado que mientras el acusado le realizaba el tatuaje en el cuarto de trabajo del establecimiento, que estaba con la puerta cerrada, se encontraba “asustada” y “bloqueada”, en “estado de shock”, por lo que no gritó para pedir ayuda. Una vez fuera de la tienda, ha señalado que tuvo que ir a un bar a «tranquilizarse» y que posteriormente se derrumbó y lloró en el tren de vuelta a su casa, donde pasó una noche “horrible, temblando agarrada a mi madre en la cama” dados los “tocamientos” y el “ataque a la intimidad” que sufrió.

Ha justificado que denunciara su experiencia personal a través de una «nota» en Twitter para que «a otra gente no le pasara lo mismo», para «avisar a más chicas de que no fueran» a ese estudio de tatuaje. El dibujo ya no está en su brazo –se lo ha “tapado”–, ya que, como ha detallado, “cada vez que me lo veía en el espejo me ponía fatal al recordar todo lo que había pasado”. “No verlo me ha ayudado muchísimo”, ha subrayado en un testimonio en el que no ha podido evitar las lágrimas.

Los sollozos también han acompañado el testimonio de varias de las supuestas víctimas, entre ellas la segunda denunciante que ejerce de acusación particular. En su caso, los hechos ocurrieron en el verano de 2016 cuando fue a realizarse un ‘cover’ de un tatuaje en el brazo a la vivienda del acusado, donde residía con su mujer. Durante la sesión, el imputado le dijo que “se estaba excitando” y que “no aguantaba más”, momento en el que le “dobló la mano” y se la “puso sobre el pene” con “la aguja [de tatuar] puesta en la piel”. Ante esta actitud, la denunciante afirma que le dijo que “estaba loco” y que le “soltara”, pero él le “forzó” y “siguió moviendo la mano sobre el pene”, además de “abalanzase” sobre ella para besarle “a la fuerza”. Una vez que pudo “quitármele de encima”, el tatuador se “bajó los pantalones y comenzó a masturbarse”, momento en el que abandonó “corriendo” la casa, que estaba cerrada por dentro con la llave puesta

La denunciante se ha derrumbado al ser interpelada por su abogado por los efectos de este episodio en su vida. Más allá del “dolor” psicológico de “ver un pene” en el tatuaje realizado para llevar para siempre en la piel a su único hijo y del castigo físico sobre el cuerpo que supone borrar esta huella, ha afirmado que tuvo que ser tratada por “ansiedad”para superar una situación “muy desagradable y difícil”. Además, ha admitido que sentía “miedo” por la actitud que iba a tener el tatuador hacia su hijo pequeño, a quien conocía. Ha reconocido que no denunció los hechos por “estúpida”, pero que decidió dar el paso al ver la denuncia en las redes sociales de la joven. En este momento, pensó que todo el mundo debía conocer la “escoria” que era el tatuador y que ya era hora de que “se pusiera justicia por fin”.

Otra de las supuestas víctimas, que acudió al estudio en cuatro ocasiones para completar el mismo tatuaje, ha relatado que los piropos del imputado precedieron al envío por WhatsApp antes de la tercera sesión de un vídeo en el que se “veía a su mujer haciéndole una felación”, algo que interpretó como una “equivocación” en cuanto al destinatario del mismo. “No le di importancia”, ha admitido. Pero en la última sesión, según su relato, el tatuador le puso de espaldas contra la pared, le cogió la mano y se la metió en el pene mientras con su mano le tocaba el pecho. Ante sus advertencias de que «iba a gritar», él replicó que su mujer, que estaba atendiendo en el establecimiento, “no va a entrar escuche lo que escuche”. “Cuando reaccioné, le empujé con fuerza y me fui”, ha señalado para dejar constancia de que el acusado le llegó a preguntar en una posterior ocasión, en un encuentro fortuito en la calle, cuándo iba a volver a su estudio a hacerse otro tatuaje. “Nunca”, contestó quien se ha visto obligada a realizar varios retoques al tatuaje para eliminar las huellas del diseño original ante la imposibilidad de “taparlo por completo”.

El tatuador también acosó supuestamente a la entonces novia de su compañero de piso en 2014, a quien “acorraló” en la encimera de la cocina con “los pantalones y los calzoncillos bajados” para intentar que “le tocara el pene” mientras ella “gritaba, le decía que parara y le empujaba”. La cosa no pasó a mayores, según ha explicado, porque su mujer salió de su cuarto y ella se fue “corriendo a encerrarse” en su instancia de la casa. Este episodio se suma a las continuas “insinuaciones” que le hacía el tatuador, que le decía que “soñaba con tener relaciones sexuales conmigo” y que cuando hacia el amor con su mujer “pensaba en mí”. Lo sucedido en la cocina desencadenó que su hoy exnovio echara de casa al imputado.

Una tras otra, las denunciantes han relatado los diferentes episodios vividos, caso de tocamientos en contra de su voluntad, frases obscenas, insinuaciones sexuales, intentos de besos en la boca, promesas de tatuajes gratuitos si la relación iba más allá del ámbito profesional, comentarios incómodas, proposiciones “cerdas”, piropos “babosos”, constantes llamadas o mensajes de WhatsApp subidos de tono —como “quiero sentir tu piel sobre la mía”— o peticiones para que una clienta se quitara el sujetador. Incluso, a una clienta le llegó a decir que en la próxima sesión le iba a poner una película porno antes de poner la vista en sus piernas con una “mirada que me asustó” mientras le espetaba: “qué ganas de abrirte de piernas”. “Te sientes intimidada, vas menguando”, ha expuesto una de ellas.

En algunos casos hubo “fuerza” e “intimidación”. En otros, no. La mayoría de quienes sufrieron presuntos abusos sexuales, a preguntas de la defensa, no gritó durante los mismos por estar en «estado de shock» o sufrir “intimidación”, “parálisis”, “nervios” o “miedo”. “No sabía qué hacer. No pensaba en salir corriendo [del estudio] porque pensaba que me iba a hacer algo peor”, ha relatado una denunciante, que sintió “impotencia” e “indignación”. Otras reaccionaron con fuerza. “Me intentó besar y le quité la mano y le empujé. Estaba en tensión, con mala uva. No grité porque fuera estaba mi hija, que era menor”, ha subrayado una denunciante, que ha mostrado el tatuaje que “por desgracia” tiene que llevar sobre la piel.

“¿Por qué no lo denunció antes?”. La segunda cuestión en la que ha incidido la abogada defensora, Cristina Morcillo, para poner en entredicho sus testimonios se ha encontrado con diferentes respuestas. “Miedo”, “vergüenza”, “impotencia”… han replicado las supuestas víctimas. En la mayoría de los casos las denunciantes se habían impuesto el silencio sobre lo ocurrido, incluso en el entorno familiar. Incluso, una de ellas ha relatado que no se lo comunicó a su familia para evitar posibles represalias contra el tatuador, aún a costa de que varios allegados fueran con posterioridad a su estudio a ‘manchar’ su piel.

Fue, como ha quedado constatado durante el juicio, la denuncia en las redes sociales, y la posterior respuesta social, con numerosos comentarios de personas que se identificaban como víctimas del tatuador o como conocidas de otras personas que lo habían sido, lo que impulsó a algunas de las clientas que sufrieron estos supuestos abusos a dar el paso. “Nadie se iba a creer lo que había pasado”, ha expuesto una joven que sufrió el acoso del imputado cuando era su alumna en una escuela de tatuaje. “Una sola siempre tiene miedo a que le crean, a tener que justificarse. Cuando ves que hay más [víctimas] tiras para adelante. Me decidí [a denunciarlo] porque éramos muchas”, ha sostenido otra de las presuntas víctimas.

El juicio proseguirá este jueves con el testimonio de otras de las denunciantes y del acusado. Después, se verá si el Ministerio Fiscal modifica su petición de cárcel de 21 años y cuatro meses. La Fiscalíatambién solicita indemnizaciones que oscilan entre 1.000 y 3.000 euros. Por su parte, la defensa, que ha denunciado que durante la fase de instrucción se produjo una “indefensión” y “vulneración de los derechos fundamentales” de su cliente, pedirá la absolución al considerar que los hechos que se le imputan no son ciertos.

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